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Marcada por una virulenta noción de dureza y masculinidad agresiva, la cultura de la violencia se ha convertido en algo habitual en una sociedad en la que el dolor, la humillación y el abuso se condensan en espectáculos digeribles que circulan sin cesar a través de los deportes extremos, la telerrealidad, los videojuegos, las publicaciones en YouTube y las formas proliferantes de los nuevos y viejos medios de comunicación.