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Un ejemplo sintomático de la forma en que la violencia ha saturado la vida cotidiana puede verse en la creciente aceptación de criminalizar el comportamiento de los jóvenes en las escuelas públicas. Los comportamientos de los que normalmente se ocupaban los profesores, los orientadores y los administradores de los centros escolares pasan ahora a manos de la policía y el sistema de justicia penal.