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La voz de Dios se oye desde el cielo, declarando el día y la hora de la venida de Jesús, y entregando el pacto eterno a su pueblo. Sus palabras resuenan en la tierra como fragor de trueno. El Israel de Dios escucha de pie, con los ojos fijos hacia arriba. Sus rostros están iluminados con su gloria, y brillan como el rostro de Moisés cuando descendió del Sinaí. Los impíos no pueden mirarlos. Y cuando se pronuncia la bendición sobre los que han honrado a Dios santificando su sábado, se oye un poderoso grito de victoria.