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  • A veces he experimentado a Dios de maneras extraordinarias: con sorpresas dramáticas, con revelaciones que me han abierto el alma o con encuentros místicos inexplicables. Más a menudo, he sentido la realidad de Dios en el simple aliento de un amigo, en la suave inspiración de un sermón o en el familiar ritual de la Eucaristía, y sería poco sincero si no dijera también que, a veces, me he encontrado en el marasmo espiritual, a la deriva, preguntándome si el viento volvería a soplar.