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Vivimos tiempos de agitación. Terremotos y tsunamis causan devastación, los gobiernos se derrumban, las tensiones económicas son graves, la familia está bajo ataque,
y las tasas de divorcio están aumentando. Tenemos grandes motivos de preocupación. Pero no debemos dejar que nuestros temores desplacen nuestra fe. Podemos combatir esos temores fortaleciendo nuestra fe.