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Al hacer nuestro trabajo principalmente para Dios, el miedo a las restricciones indebidas queda, tarde o temprano, descartado. Él me paga y me paga bien. Me paga y no dejará de pagarme. Me paga no sólo por la regla de la tarea, que es todo lo que los hombres reconocen, sino por todo lo demás que aporto a mi trabajo en forma de laboriosidad, buenas intenciones y alegría. Si el Señor ama al dador alegre, como dice San Pablo, podemos estar seguros de que Él ama al trabajador alegre; y allí donde podemos aferrarnos a Su amor encontramos Su generosidad sin fin.