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Sus ojos grises brillaban de pasión mientras hablaba. Sid los miró y por un segundo vislumbró su alma. Vio lo que era: feroz y valiente. Erguida. Impaciente. Y buena. Tan buena que se sentaría cubierta de sangre, gritaría a hombres peligrosos y mantendría una larga y solitaria vigilia, todo para salvar a alguien como él. Se dio cuenta de que era una criatura rara, tan rara como una rosa en invierno.