Autores:
  • Cada roce interior, cada una de sus huellas en mi cerebro, quemaba como el ácido. Destrozaba las paredes de mi alma como papel de seda, se abría paso hasta mi centro, ya no sabía dónde empezaba y dónde terminaba yo. Se vertió en mí como un río en el mar, mezclándose, fundiéndose, hasta que fuimos uno. Uno. Para bien o para mal. Hasta que la muerte nos separe.