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Nunca es demasiado tarde para encender la luz. Tu capacidad para romper un hábito malsano o apagar una vieja cinta no depende del tiempo que lleve funcionando; un cambio de perspectiva no depende del tiempo que te hayas aferrado al viejo punto de vista. Cuando enciendes el interruptor del desván, no importa si ha estado a oscuras durante diez minutos, diez años o diez décadas. La luz sigue iluminando la habitación y disipa la oscuridad, permitiéndote ver lo que antes no podías ver. Nunca es tarde para mirar.