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Porque vivimos con esas recuperaciones de la infancia que se aglutinan y resuenan a lo largo de nuestras vidas, del mismo modo que los trozos de cristal rotos en un caleidoscopio reaparecen en nuevas formas y son como canciones en sus estribillos y rimas, conformando un único monólogo. Vivimos permanentemente en la recurrencia de nuestras propias historias, sea cual sea la historia que contemos.