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Es como si los hombres japoneses, conscientes de que en el fondo les gustaría pisotear Tokio, respirar fuego y hacer cosas realmente terribles y repugnantes a las mujeres, se hubieran construido la más hermosa de las prisiones para sus locos desenfrenados. En lugar de dar rienda suelta a sus fantasías, se centran en la comida, o en el paisajismo, o en la taza de té perfecta -o en un simple trozo de atún o-toro-, dejándose llevar sólo en los partidos de béisbol y en las fiestas de la oficina.