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Y entonces, un jueves, casi dos mil años después de que un hombre hubiera sido clavado a un árbol por decir lo estupendo que sería ser amable con la gente para variar, una chica sentada a solas en un pequeño café de Rickmansworth se dio cuenta de repente de qué era lo que había estado fallando todo este tiempo, y por fin supo cómo se podía hacer del mundo un lugar bueno y feliz. Esta vez estaba bien, funcionaría, y nadie tendría que clavarse a nada.