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¡Ah, Padre! ¡Son palabras y sólo palabras! ¡Perdonad! Si no le hubieran atropellado, hoy habría llegado a casa borracho y con su única camisa sucia y hecha un guiñapo y se habría quedado dormido como un tronco, y yo me habría dedicado a enjabonar y enjuagar hasta el amanecer, a lavar sus harapos y los de los niños y luego a secarlos junto a la ventana y en cuanto se hiciera de día me habría dedicado a zurcirlos. ¡De qué sirve hablar de perdón! Ya he perdonado.