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Jorge Luis Borges se lamentaba de una variedad de orientalismo que se utilizaba para medir la supuesta autenticidad de los escritores argentinos y latinoamericanos a mediados de siglo. Muchos, incluidos muchos argentinos, creían que la tradición literaria argentina tenía que ver con un imaginario nacional en el que los gauchos, la pampa y el tango eran tropos fundamentales. Borges, en parte para legitimar su propia eurofilia, señaló acertadamente que esperar que los escritores se comprometieran con estos tropos nacionalistas románticos era arbitrario y limitador, un género demostrativo de su propia artificialidad.