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Muchas veces en mi vida, cuando las cosas no iban como yo había planeado, intentaba tomar el control y arreglarlo. Cuanto más trataba de arreglar las cosas, más difícil se volvía la situación o el estrés de la situación. Cuando aprendí a confiar en que Dios tenía la mejor solución, mi vida se volvió mucho más tranquila y pude superar los problemas mucho más rápido.