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Si se observa con atención la mitad de nuestro propio siglo, los acontecimientos que nos ocupan, nuestras costumbres, nuestros logros y hasta nuestros temas de conversación, es difícil no ver que un cambio muy notable en varios aspectos ha llegado a nuestras ideas; un cambio que, por su rapidez, nos parece presagiar otro aún mayor. Sólo el tiempo dirá el objetivo, la naturaleza y los límites de esta revolución, cuyos inconvenientes y ventajas nuestra posteridad reconocerá mejor que nosotros.