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Ver películas antiguas es como pasar una tarde con esos vecinos de al lado. Nos aburren, y no nos desviamos de nuestro camino para verlas; nos dejamos caer porque están muy cerca. Si costara algún esfuerzo ver películas antiguas, podríamos intentar averiguar cuáles son las buenas, y si la gente viera sólo las buenas quizá seguiría respetando el cine antiguo. Tal como están las cosas, la gente se sienta a ver películas que el público abandonó hace treinta años. Como la mujer de Lot, nos sentimos tentados a echar otro vistazo, atraídos no por el mal, sino por algo que parece mucho más vergonzoso: nuestra propia inocencia.