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Una de las orgullosas alegrías del hombre de letras -si ese hombre de letras es un artista- es sentir en sí mismo el poder de inmortalizar a voluntad cualquier cosa que decida inmortalizar. Por insignificante que sea, es consciente de poseer una divinidad creadora. Dios crea vidas; el hombre de imaginación crea vidas ficticias que pueden dejar una impresión profunda y, por así decirlo, más viva en la memoria del mundo.