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La gente de esos países extranjeros es muy, muy ignorante. Miraban con curiosidad los trajes que habíamos traído de las tierras salvajes de América. Observaron que a veces hablábamos en voz alta en la mesa. Observaron que cuidábamos los gastos y sacábamos lo que podíamos convenientemente de un franco, y se preguntaban de dónde demonios habíamos salido. En París, simplemente abrían los ojos y se quedaban mirando cuando les hablábamos en francés. Nunca conseguimos que esos idiotas entendieran su propio idioma.