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En su esencia, el Evangelio es una llamada a hacer el experimento de la camaradería, el experimento del compañerismo, el experimento de confiar en el corazón de las cosas, lanzando el autocuidado a los vientos, en la fe segura y cierta de que no serás abandonado, desamparado ni traicionado, y que tus intereses últimos están perfectamente seguros en las manos del Gran Compañero. Esta percepción es el centro, el núcleo, el punto de crecimiento de la religión cristiana, que, cuando la tenemos, todo lo demás es seguro, y cuando no la tenemos, todo lo demás es precario.