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Tengo que confesar algo. Ayer fui responsable de la muerte de millones de británicos. Lo que ocurrió es que el MI5 me pidió que siguiera a Mehan Asnik, un presunto terrorista, por las calles de Londres. Había escapado de nuestros servicios de seguridad mientras estaba infectado con un virus de peste. Siguiéndole la pista por las cámaras de seguridad, juro que lo tenía, pero luego, en el ajetreo de la hora punta, lo perdí. Cuando sonó el móvil de seguridad, era Harry Pearce, de Thames House, regañándome por la matanza que había provocado mi error.