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Siempre existe la cuestión previa del simple deber, con la que nada más, por muy tentador o prometedor de éxito que sea, puede entrar en conflicto; y tales épocas pueden ser sólo aquellas en las que nuestra fe y paciencia son puestas a prueba, de modo que se ponga claramente ante nosotros, si, con total independencia de todo lo demás, estamos contentos o no de dejarlo todo en manos de Dios.