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Conocí a Jay Jonhson. Le gané de la misma forma que a los pobres les toca la lotería: perseverancia desvergonzada y suerte vergonzosamente tonta, y cada vez que veo en la tele a una de esas almas astutas, desdentadas y abatidas con un boleto ganador en la mano, pienso: "Vamos, equipo".