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  • Me siento animado cuando veo a algunos de los que han escuchado su "tambor diferente": Einstein era un inútil en matemáticas en la escuela y comentaba con ironía su ineptitud en las relaciones humanas. Winston Churchill fue un fracaso abismal en sus primeros años escolares. Byron, ese estudiante revolucionario, tuvo que compensar un pie zambo; Demóstenes, un tartamudeo; y Homero era ciego. Socrates no supo manejar a su mujer, y enfureció a sus compatriotas. ¿Y qué decir de Jesús, si necesitamos un ejemplo supremo de fracaso con los semejantes? ¿O un ejemplo supremo de amor?

    Madeleine L'Engle (2016). “A Circle of Quiet”, p.36, Open Road Media