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A veces somos directamente groseros cuando nos relacionamos con la gente. Conocemos a un chico gay o a una pareja que vive junta, y pensamos que tenemos la obligación y el derecho de advertirles lo que Dios piensa sobre su sexualidad en nuestro primer encuentro. Como si su vida sexual fuera lo primero en la agenda de Dios. La gracia lo es. La misericordia lo es. Jesús lo es.