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Un renacimiento casi siempre comienza entre los laicos. Los líderes eclesiásticos rara vez dan la bienvenida a la reforma. La historia se repite. Los líderes actuales están demasiado cómodamente situados, por regla general, para desear innovaciones que puedan requerir sacrificio por su parte. Y el fuego de Dios sólo cae sobre el sacrificio. Un altar vacío no recibe fuego.