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Si pones algo fragante sobre carbones encendidos, motivas a los que se acercan a volver otra vez y a quedarse cerca, pero si en cambio pones algo con un olor desagradable y opresivo, los repeles y los alejas. Lo mismo ocurre con la mente. Si tu atención está ocupada con lo que es santo, te haces digno de ser visitado por Dios, ya que éste es el dulce sabor que Dios percibe. En cambio, si alimentas en ti pensamientos malos, sucios y terrenales, te sustraes de la supervisión de Dios y, por desgracia, te haces merecedor de su aversión.