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No hay gracia más excelente que la fe; ni pecado más execrable y abominable que la incredulidad. La fe es la gracia que salva y la incredulidad el pecado que condena (Marcos 16:16)... Antes de que Cristo pueda ser recibido, el corazón debe ser vaciado y abierto: pero los corazones de los hombres están llenos de justicia propia y vana confianza (Romanos 10:3).