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En efecto, cuando la gloria de Dios habita en mí, no hay nada demasiado lejano, nada demasiado doloroso, nada demasiado extraño o demasiado familiar que no pueda contener y renovar con su contacto. Cada vez que reconozco la gloria de Dios en mí y le doy espacio para que se me manifieste, todo lo humano puede ser llevado allí y nada volverá a ser igual.