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  • Podías darle un tirón de orejas por decirlo, pero entonces lo decía con la cara, y podías azotarle por hacer muecas, pero entonces lo decía con los ojos, y había límites para la corrección: no había forma, en definitiva, de penetrar tras los iris azules y erradicar el asco de un chico.

    Jonathan Franzen (2001). “The Corrections: A Novel”, p.263, Macmillan