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Cuanto más a menudo vemos las cosas que nos rodean -incluso las cosas bellas y maravillosas-, más invisibles se vuelven para nosotros. Por eso, a menudo damos por sentada la belleza de este mundo: las flores, los árboles, los pájaros, las nubes... incluso aquellos a quienes amamos. Como vemos las cosas tan a menudo, cada vez las vemos menos.