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Declaramos, con autoridad bíblica, que la voluntad humana está tan desesperadamente dispuesta al mal, tan depravada, y tan inclinada a todo lo que es malo, y tan desinclinada a todo lo que es bueno, que sin la poderosa, sobrenatural e irresistible influencia del Espíritu Santo, ningún ser humano será jamás constreñido hacia Cristo.