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  • El texto de un anuncio no es más que un juego de palabras para distraer las facultades críticas mientras la imagen del producto trabaja sobre el espectador hipnotizado. Los que se han pasado la vida protestando contra los "anuncios falsos y engañosos" son una bendición para los anunciantes, como los abstemios para los cerveceros y los censores morales para los libros y las películas. Los manifestantes son los mejores aclamadores y aceleradores. Desde la aparición de las imágenes, la función del texto publicitario es tan accesoria y latente como el "significado" de un poema lo es para un poema, o las palabras de una canción lo son para una canción.