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El whisky le calentó la lengua y el fondo de la garganta, pero no cambió en nada sus ideas, y de pronto, mirándose en el espejo que había detrás de la barra, supo que beber ya nunca le iba a servir de nada. Lo que tenía ahora lo tenía, y era de ahora en adelante, y si bebía hasta perder el conocimiento cuando se despertara allí estaría.