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La oración es autodisciplina. El esfuerzo por darse cuenta de la presencia y el poder de Dios estira los tendones del alma y endurece sus músculos. Orar es crecer en gracia. Permanecer en la presencia del Rey conduce a una nueva lealtad y devoción por parte de los súbditos fieles. El carácter cristiano crece en el lugar secreto de la oración.