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  • Dios creó la posibilidad del mal; las personas actualizaron esa potencialidad. La fuente del mal no es el poder de Dios, sino la libertad del hombre. Ni siquiera un Dios todopoderoso podría haber creado un mundo en el que las personas tuvieran auténtica libertad y, sin embargo, no hubiera potencialidad para el pecado, porque nuestra libertad incluye la posibilidad del pecado dentro de su propio significado.