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Que el hombre pueda destruir la vida es una hazaña tan milagrosa como que pueda crearla, porque la vida es el milagro, lo inexplicable. En el acto de destrucción, el hombre se sitúa por encima de la vida; se trasciende a sí mismo como criatura. Así pues, la elección última del hombre, en la medida en que se ve impulsado a trascenderse a sí mismo, es crear o destruir, amar u odiar.