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Al poner el centro de atención en la niña y enmarcarla como el ideal de belleza, condena a la mujer madura a la invisibilidad. De hecho, el hombre occidental moderno impone las teorías decimonónicas de Immanuel Kant: Para ser bellas, las mujeres tienen que parecer infantiles y descerebradas. Cuando una mujer parece madura y segura de sí misma, o permite que sus caderas se ensanchen, se la condena a ser fea. Así, los muros del harén europeo separan la belleza juvenil de la madurez fea.