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Es correcto amar la belleza y desearla; pero Dios desea que amemos y busquemos primero la belleza más elevada, la que es imperecedera. Ningún adorno exterior puede compararse en valor o belleza con ese "espíritu manso y tranquilo".
Es correcto amar la belleza y desearla; pero Dios desea que amemos y busquemos primero la belleza más elevada, la que es imperecedera. Ningún adorno exterior puede compararse en valor o belleza con ese "espíritu manso y tranquilo".