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La solidaridad no es una cuestión de altruismo. La solidaridad nace de la incapacidad de tolerar la afrenta a nuestra propia integridad que supone la colaboración pasiva o activa en la opresión de los demás, y del reconocimiento profundo de nuestro interés propio más expansivo. Del reconocimiento de que, nos guste o no, nuestra liberación está ligada a la de todos los demás seres del planeta, y de que política y espiritualmente, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que cualquier otra cosa es inasequible.