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En una época en que la Literatura solía atribuir la pena de vivir exclusivamente a los infortunios del amor decepcionado o a los celos de las decepciones adúlteras, él no había dicho ni una palabra de estos males infantiles, sino que había sonado a aquellos más incurables, más conmovedores y más profundos: heridas que infligen la saciedad, la desilusión y el desprecio en almas arruinadas y torturadas por el presente, asqueadas del pasado, aterrorizadas y desesperadas del futuro.