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Sólo en tiempos de disolución social, como en la última época de los pequeños estados semíticos, cuando los hombres y sus dioses eran igualmente impotentes ante el avance de los asirios, las supersticiones mágicas basadas en el mero terror, o los ritos diseñados para conciliar dioses ajenos, invaden la esfera de la religión tribal o nacional. En tiempos mejores, la religión de la tribu o del estado no tiene nada en común con las supersticiones privadas y extranjeras o los ritos mágicos que el terror salvaje puede dictar al individuo.