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La vigilancia eterna es el precio de la libertad; el poder está siempre robando de los muchos a los pocos. El maná de la libertad popular debe recogerse cada día o se pudre. La savia viva de hoy supera a la corteza muerta de ayer. La mano a la que se confía el poder se convierte, por depravación humana o por espíritu de cuerpo, en el enemigo necesario del pueblo. Sólo mediante una vigilancia continua puede evitarse que el demócrata de turno se endurezca hasta convertirse en déspota; sólo mediante una agitación ininterrumpida puede un pueblo estar lo suficientemente despierto a los principios como para no dejar que la libertad se ahogue en la prosperidad material.