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Pero espero que por la decisión y autoridad de sabios príncipes que alguna vez hombres devotos y doctos de las iglesias de otras naciones y de la nuestra puedan ser convocados juntos para deliberar sobre todas las controversias y que se transmita a la posteridad una forma armoniosa, verdadera y clara de doctrina, sin ninguna ambigüedad. Mientras tanto, en la medida de lo posible, fomentemos la unión de nuestras iglesias con consejos mesurados.