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Procuremos que nuestro conocimiento de Cristo no sea un conocimiento impotente, estéril y poco práctico: ¡Oh, que en su paso de nuestro entendimiento a nuestros labios, pueda poderosamente derretir, endulzar y embelesar nuestros corazones! Recordad, hermanos, que una vocación santa nunca ha salvado a nadie sin un corazón santo; si sólo se santifica nuestra lengua, todo nuestro ser humano estará condenado. Debemos ser juzgados por el mismo evangelio, y estar ante el mismo tribunal, y ser sentenciados a los mismos términos, y tratados tan severamente como cualquier otro hombre.