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En una nación que estaba orgullosa del trabajo duro, las familias fuertes, las comunidades unidas y nuestra fe en Dios, demasiados de nosotros tendemos ahora a adorar la autoindulgencia y el consumo. La identidad humana ya no se define por lo que uno hace, sino por lo que posee. Pero hemos descubierto que poseer cosas y consumirlas no satisface nuestro anhelo de sentido. Hemos aprendido que amontonar bienes materiales no puede llenar el vacío de las vidas que no tienen confianza ni propósito.