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  • La Iglesia ha perdido su testimonio. Ya no tiene nada que decir al mundo. Su una vez robusto grito de seguridad se ha desvanecido en un susurro apologético. La que antes salía a declarar, ahora sale a preguntar. Su declaración dogmática se ha convertido en una sugerencia respetuosa, una palabra de consejo religioso, dada con el entendimiento de que, después de todo, es sólo una opinión y no pretende sonar intolerante. El cristianismo puro, en lugar de estar moldeado por su cultura, en realidad se opone frontalmente a ella.