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No es culpa de los empresarios que los consumidores, la gente, el hombre común, prefiera el licor a la Biblia y las novelas policíacas a los libros serios, y que los gobiernos prefieran las armas a la mantequilla. El empresario no obtiene mayores beneficios vendiendo cosas malas que vendiendo cosas buenas. Sus beneficios son tanto mayores cuanto mejor consigue suministrar a los consumidores las cosas que éstos piden con más intensidad.