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El mandamiento de honrar a nuestros padres se hace eco del espíritu sagrado de las relaciones familiares en las que -en sus mejores momentos- tenemos expresiones sublimes de amor celestial y cuidado mutuo. Sentimos la importancia de estas relaciones cuando nos damos cuenta de que nuestras mayores expresiones de alegría o dolor en la mortalidad proceden de los miembros de nuestras familias