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A medida que se acerca el final del siglo, toda nuestra cultura es como la de las moscas al comienzo del invierno. Perdida su agilidad, soñadoras y dementes, giran lentamente en torno a la ventana en las primeras brumas heladas de la mañana. Se dan un último lavado y cepillado, sus ojos oscilantes giran y caen por las cortinas.